13.8.10

El camino del aprendizaje

Parece que darle nombre a las cosas es encorsetarlas en el límite de las palabras, que duran muy poco tiempo; y, además, cuando las pronunciamos se pierden rápido en el aire y nadie las atiende. Esto es lo paradójico para mí: los límites estrechan la existencia aunque los necesitamos consistentes –que no volátiles- para la crecer seguros. Es el pensar humano el que introduce un significado personal manchado de los prejuicios de quien está diciendo algo sobre algo. Es aquí donde encontramos otro límite interesante: el límite del contacto entre tú y yo. Es el lugar de la excitación de las emociones. Sólo en el contacto –o en su ausencia- donde nacen los pensamientos subjetivos que excitan lo gozoso y lo angustioso.

Y así construimos la realidad al ponerle nombre. La realidad adquiere significado cuando le damos una etiqueta con la que lo identificamos. Y entonces, si nos creemos lo que estamos pensando con las etiquetas que hemos puesto y los significados que le hemos atribuido, entonces pensamos que la realidad es lo que nosotros pensamos, no lo que es en realidad. Es por esto por lo que decimos que el mundo de ahí afuera es proyectado. Y entre lo que nosotros vemos y lo que en realidad es, está el humo del que hablábamos ayer.

Y es que me resulta inevitable: todos queremos que el mundo sea como nosotros queremos que sea. A partir de aquí, sufrimos por la frustración. O gozamos por la satisfacción. Si asumimos que ambas puedan presentarse en nuestro aquí y ahora, descontamos a priori gran parte del sufrimiento lógico de la frustración y nos ahorramos todo aquél que habríamos puesto por no aceptar lo negativo de nosotros mismos.

No podemos hacer las cosas de otro modo. La vida está hecha de acontecimientos personales que hemos afrontado lo mejor que hemos podido. Hacemos las cosas lo mejor que sabemos y que podemos en ese momento. Lo demás no importa.

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