11.8.10

El comienzo

La mirada suele dirigirse hacia el otro para ver algo que nos hable de nosotros mismos; y la pose suele orientarse de modo que el otro cumpla con nuestras expectativas, o directamente o como quien se muestra sumiso porque es la menor de las facturas a pagar: es como si se prefiriera la ausencia de conflicto al logro de lo preferido. Y la lucha es descarnada, a tal punto que invertimos demasiada energía en convencer al otro de sus equivocaciones para que nos deje ver en él al yo que queremos ver.

Entre tanto, el “humo” hace que nuestros juicios nos parezcan juicios atinados y nuestras críticas críticas ajustadas a la realidad; pero no es más que el humo que nos entra en los ojos y que, en su escozor, nos impide darnos cuenta de lo que ponemos en los demás, de lo que esperamos de los demás, de lo que preferimos de los demás para mantener nuestra propia imagen intacta. Así es más fácil poner en el otro, no importa quién sea el otro, la causa de nuestros males.

Sin embargo, “somos el resultado de un grandísimo número de actos libres de los que somos los únicos responsables” (Matthieu Ricard). Mirarnos en el otro e intentar ver lo que me dice de mí es la mirada real. Nos corresponde a los demás darnos cuenta del dolor inmenso de algunas almas dolientes. Pienso como Oscar Wilde cuando en De profundis afirmaba que el dolor es una herida que sangra en cuanto la roza cualquier mano que no sea la del amor. No somos más que soñadores atrapados en un cuerpo que ni siquiera sabemos que está y estará ahí a pesar de nosotros mismos. Nuestro sueño es como una ilusión: por eso, algunas veces, cuando me encuentro más lúcido y descansado –he de reconocerlo- pienso que todo lo que nos rodea es una gran mentira. Sólo el amor cuenta, aunque nos lo regalemos en pequeñísimas dosis por estar tan ocupados en mirar a los demás para que nos cuiden.

En adelante, será suficiente con que nos acordemos de lo gozoso de estar aquí y estar ahora, contigo, con los demás.

No hay comentarios:

Deja tu comentario: