14.8.10

La percepción personal

Algo que me ha parecido siempre interesante del aprendizaje es que ocurre en una época de nuestra vida en la que apenas nos planteamos por qué las cosas son como nos dicen que son. El bebé que reposa tranquilamente sobre el regazo de su madre, con la instintiva confianza de que está seguro, va acogiendo todo cuanto somos capaces de darle. Y nosotros, los padres, intentamos darle lo mejor para que crezca y se desarrolle libre y responsable. Pero el hecho es que le damos lo que a nosotros nos parece mejor. Y el niño, insisto, crecerá con la fe puesta en que los brazos de sus padres son perfectos. Tanto es así que, más allá de los genes, vemos en los niños gestos, movimientos y maneras de hacer y de pensar que son un puro reflejo de lo que han recibido a lo largo de su infancia. Y toda esa información va configurando lo que acabamos creyendo a lo largo de nuestra vida.

Ocurre que acaba gustándonos la comida que nuestra madre nos hizo de pequeños. Ocurre que nos gusta vivir a la manera que vimos que se vivía cuando éramos pequeños. Ocurre que acabamos dando opiniones y haciendo juicios en función de lo que los demás -básicamente nuestros padres y profesores- nos han ido dando como educación, con la mejor de sus intenciones.

Cuando nos independizamos psicológicamente de todos los que nos han educado y protegido -o, al menos, cuando creemos que lo hacemos-, ya tenemos en nuestro pensamiento el molde desde el que interpretamos la vida. Ya podemos decir lo que nos parece bien y lo que nos parece mal. Ya podemos juzgar el comportamiento de los demás y de nosotros mismos. El pensamiento se convierte en una máquina casi independiente de nosotros mismos que nos habla sin que nos demos cuenta. Es fácil pensar, en ese momento, que somos nosotros mismos los que pensamos. Yo prefiero verlo como un proyector de cine cuya película no hemos elegido: lo que vemos en la pantalla (nuestra mente) es una historia que no hemos puesto nosotros en la máquina proyectora (nuestro pensamiento). Todos nuestros pensamientos tienen pretensión de verdad.

Es por esto que no dejo de pensar estos últimos días en una idea que me apasiona: todos los contendientes de cualquier discusión tienen razón, puesto que cada uno de ellos tiene una "perfecta" argumentación de lo que defienden. Y en su película, tal argumentación es inamovible. La solución, una vez más, no va de la mano de la dialéctica.

No hay comentarios:

Deja tu comentario: