22.8.10

Una mirada a la identidad

Hoy me vuelvo a encontrar pensando en lo que decíamos ayer relacionado con algo dicho más abajo. Parece que nos resulta mucho más fácil mantener nuestra identidad con lo que no nos gusta de nosotros mismos, más que apoyarnos en esa bondad profunda que todos mantenemos incluso oculta a nuestros propios ojos. Reconocer ese aspecto positivo de nuestra personalidad es más “perturbador”. Obviamente, ese reconocimiento se produce en la esfera de lo íntimo y más personal, porque, puestos a explicar cómo somos, es más tentador decir cosas bonitas de nuestra persona aún sabiendo que no las pensamos.

Considero que no es más que otra creencia, en este caso sobre nuestra personalidad. Si el “jefe de la máquina de proyección” se diera cuenta de quién es, entonces exigiría que las películas proyectadas fueran agradables, cuando no cómicas. Nos exigiríamos muchos cambios en la vida, cambios a los que no estamos dispuestos en lo más profundo de nosotros mismos; como ocurre cada 31 de diciembre...

Ahí está la búsqueda. No nos atrevemos a afrontar los cambios que nos exigiríamos nosotros mismos, pero sabemos y tendemos a buscar esa libertad y a estar completos. La permanente insatisfacción nos persigue, por mucho que mejoremos lo externo. El trabajo está en el interior, en percibir la bondad y la dignidad que nos caracteriza. Esa es la necesidad más trascendente, pues sólo de ese modo salimos de nosotros mismos y podemos ver el sufrimiento de los demás y nos sentimos llamados a ayudarles.

No avancemos tan rápido. Propongo una reflexión quieta sobre esa permanente insatisfacción que nos caracteriza. ¿No te resulta paradójico?

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