21.9.10

Entre la rigidez y la virtud

Me parece que todos nosotros, con todo lo que nos ha ocurrido en los años de nuestra vida,  nos mostramos rígidos en nuestra manera de interpretar el mundo que nos rodea; cristaliza así una mirada que queda fija en nuestra creencia sobre cómo es cuanto tenemos alrededor. Esta mirada estática acaba sustituyendo a aquella más virtuosa, propia por naturaleza de nuestra esencia personal. y esta fijación forma la base sobre la que construimos todo un estilo completo de personalidad, con peculiaridades mentales específicas, reacciones emocionales y patrones de conducta.

Considero que, de alguna manera, nacemos predispuestos -aunque no completamente determinados- a desarrollar un tipo de personalidad en función, precisamente, de cómo es nuestra esencia personal y, por tanto, hacia qué virtud estamos más naturalmente inclinados. Del mismo modo que nacemos con una mayor facilidad hacia las matemáticas o hacia las  lenguas, vendríamos a este mundo con una cierta tendencia a  interpretar lo que nos rodea de un modo particular. Así, la naturaleza (la sensibilidad que alcanzamos cuando estamos cerca de lo virtuoso) y la crianza (los efectos de nuestro condicionamiento) van de la mano a la hora de conformar la estructura de nuestra personalidad.

Cada uno de nosotros, por lo tanto, está orientado hacia la realidad con un ángulo particular, escuchamos la emisora para la que estamos sintonizados, bien sea en lo más virtuoso de nuestro ser, bien sea en lo más condicionado de nuestra persona. Nuestro modo de afrontar la realidad, más dormidos o más despiertos, tiene una matiz peculiar que nos caracteriza concretamente. Siempre podremos argumentar que al nacer somos como una tabla rasa que se va condicionando a partir de nuestro código genético: sin embargo, considero que hay un matiz peculiar que nos caracteriza, tanto en las características de nuestra personalidad -que al fin se hace rígida- como la virtud hacia la que crecemos en nuestra vida.

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