8.10.10

Susto

El trabajo que aquí estamos haciendo trata de llevar a la consciencia aspectos de nosotros mismos y de los demás que las defensas de nuestra personalidad intentan, trabajosamente, ocultar. Lograrlo puede producirnos un sentimiento encontrado: de una parte, puede provocarnos una emoción terriblemente incómoda; pero, de otra, puede que nos haga sentir una vívida sensación de alivio por revelarse lo oculto, por iluminar lo oscuro del desván.

Llegar a comprender profundamente que lo que creemos ser e, incluso, el modo en que nos hemos experimentado a nosotros mismos se basa en una distorsión de nuestro concepto personal más profundo e inconfesable, puede ser muy desconcertante. Tanto es esto así que, algunas veces, muchos de los que emprenden el camino, lo abandonan acudiendo a ideas que, no por reales, dejan de ser reflejo del miedo atenazante ante la visión de sí mismos desnudos. Parece que nos resulta demasiado doloroso contemplar el espejo que nos informa de lo lejos que estamos de vivir «sintonizados con nuestra emisora interna».

Sin embargo, no hay manera de cambiar verdaderamente -y dejar de sufrir al menos en aquella medida en la que nos resulta insoportable- sin ponernos cara a cara con nosotros mismos y bregar hasta que caigan las defensas disonantes y podamos contemplar, sin ruidos ni interferencias, a aquél que somos. No hay otra posibilidad: el caballero de la armadura oxidada tuvo que, al fin, afrontar solo el viaje hacia su infinito para darse cuenta de que las batallas que tanto renombre le habían dado no fueron más que distracciones.

Sólo unas palabras más para abundar en lo que se dijo en la primera frase: este trabajo también puede ayudarnos a entender por qué quienes nos acompañan en la vida se comportan, sienten y piensan como lo hacen, lo que -por supuesto que sí- puede instalarnos frente a un ejercicio de compasión y fraternidad.

Ya llegaremos: de momento sintamos el susto.

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