1.1.11

Sostuvo su soledad

Ocurrió sin motivo, por el mero hecho de estar a su alcance en aquel momento en que, entre palabras apenas pronunciadas, dichas a medias y entrecortadas por la emoción, sus ojos se humedecieron. Él se acercó y cogió su mano para acogerla, para consolarla, para acompañarla, para abrazar su angustia. Ella levantó los ojos y sus miradas se encontraron. Así, al menos su expresión pareció relajarse.

Vivimos aislados, metidos en burbujas que impiden el contacto humano. Una pequeña caricia en la mejilla de un niño es suficiente para que nos regale una sonrisa maravillosa. Un abrazo de un amigo nutre más que el mejor de los manjares. Transitamos por la vida tan deprisa que evitamos el más mínimo roce con el prójimo. Apenas tenemos tiempo para caminar de la mano y encontrarnos con la otra persona. Parece que incluso cuando caminamos, lo tenemos que hacer por caminar. Sin embargo, el contacto, el apoyo y la ayuda mutua son el fondo que enriquece la acción entre dos y sobre el que maduramos. El roce es la enzima que provoca nuestra madurez emocional.

Al poco, sin dejar de estar cogidos de la mano, ella abrazó aquella mano más ruda entre las suyas. Él sintió la suavidad de sus yemas y la dulzura de sus maneras en la caricia recibida y ya nada sería como antes. Percibió el calor de las manos agradecidas, cuidando de la suya como el más preciado de los tesoros. Ya sólo pudo dirigir la mirada a las manos que le sostenían y pudo descansar. Su soledad desapareció de súbito.

¡Feliz 2011 a todos!





No hay comentarios:

Deja tu comentario: