4.2.11

El resorte

Hoy se ha levantado también con la respiración entrecortada, como si los pulmones no quisieran llenarse de aire -de vida- y, asustados, los bronquios se cierran al inspirar. Sus manos están frías. Ha llegado el día en que aquel asunto tan complicado puede quedar "visto para sentencia". Su cuerpo ha reaccionado autónomamente, como un resorte: tiemblan sus manos. En silencio, se lo reprocha. No puede evitar aquellas emociones ni los pensamientos de autocensura. El reproche se duplica.

Con esfuerzo pone el pie en tierra y camina hacia la ducha, no sin antes encender el fuego bajo la cafetera. El agua caliente, bien caliente, deslizándose sobre su piel aterida le calma un poco. Piensa que hoy mejor sería desayunarse con una cerveza bien fría, en lugar de ese café, cuyo aroma asoma ya por la puerta de la cocina. Se viste ropa limpia y la mejor de sus sonrisas. Como ayer, su intimidad quedará velada a la mirada de los próximos.


No resulta fácil cambiar los hábitos que hemos realizado durante meses o años, si es que no ha sido a lo largo de toda nuestra vida. De pequeños aprendimos a reaccionar de una manera que nos resultó satisfactoria, o, al menos, suficiente. Y poco a poco, siempre con justificaciones que también suelen quedar veladas, construimos todo un mundo interior de pensamientos que se repiten una vez y otra, dejándonos la sensación de que ése es nuestro yo más propio. Esas son las resistencias más difíciles de vencer cuando queremos manejar nuestros pensamientos.

No somos nuestro pensamiento. Si nos hemos habituado a reprocharnos a nosotros mismos, no dejaremos de hacerlo, salvo que pongamos atención para cambiarlo. Del mismo modo que hoy hemos tomado el café de la mañana como lo hicimos ayer y anteayer y cada día que nos desayunamos sin poner atención en el desayunar.

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