2.2.11

Las calles de mi pueblo

Del otro lado del cristal sólo hay oscuridad. Bajaría para entrar en ese misterio de la noche, pero no es posible. El tren viaja a gran velocidad. La imaginación corre libre entre los pensamientos espontáneos que provocan los destellos de las estrellas; y se detiene cuando el estruendo del traqueteo de los vagones interrumpe su trayectoria. Al salir del túnel, las luces lejanas de algún pueblo logran atravesar el reflejo de la iluminación interior en el vidrio de las ventanas. Sin solución de continuidad me veo de paseo por las calles de aquel pueblo; podría ser mi pueblo; y me traslado a sus calles y callejones donde tantas experiencias he vivido. Sonrío; esta vez el pensamiento me ha jugado una buena pasada.

Hemos dedicado tiempo a las emociones. Ahora tocan los pensamientos, el producto de nuestra actividad mental incesante. Me gusta comparar el pensamiento con un río que fluye y fluye sin parar; podemos darnos cuenta o no de lo que pasa en nuestro pensamiento; pero nunca se detiene. Un solo estímulo que percibamos provoca todo un aluvión de pensamientos, más o menos conscientes. Ocurre como con la respiración. Tenemos la impresión de que es consciente y voluntaria, pero en el momento que nuestra atención se dirige a otro lugar, seguimos respirando tranquilamente.

Pues así como el control de la respiración -tranquila, espontánea, regular y más bien profunda- nos ayuda a sentirnos más relajados, así también, una cierta consciencia en el flujo de nuestro pensamiento puede ayudarnos a llevarlo hacia donde más nos interesa. Porque, de algún modo, la experiencia interna nos condiciona la sensación de nuestro vivir.

¿Qué pensamientos invaden tu mente habitualmente?

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