12.2.11

Las lámparas

¡Por fin un rato para leer! Esta mañana he elegido un libro que tiene que ver algo con lo que decíamos ayer: sobre la filosofía, las naranjas y la vida en el aquí y el ahora. Me lo recomendaron hace un tiempo, lo compré y dejé que madurara su mensaje en la estantería de los libros pendientes de leer. Se trata del libro titulado "La joven de las naranjas" de Jostein Gaarder. Estoy cómodamente sentado en uno de esos sillones donde uno se puede casi tumbar. Una luz cálida alumbra mi salón; hoy ha vuelto a nublarse y, aunque son las once de la mañana, apenas llega claridad a este rincón de mi casa. Abro el libro con mimo; como siempre, anoto mi nombre y la fecha en que comienzo a leerlo. Cuando apenas he leído dos docenas de palabras me ha invadido una idea el pensamiento: me apetece otro café. He desayunado hace poco tiempo, pero bueno, no estará mal otro cafetito para la lectura. Cierro el libro, lo dejo sobre el sillón y me dirijo a la cocina. Es un pasillo bastante largo. Ya estoy relamiéndome por la lectura, el café, la mañana de sábado... Pero al levantar la mirada, me doy cuenta de que hay una luz encendida en el despacho: ¿habrá estado toda la noche encendida, desde ayer cuando acabé de trabajar? Supongo que con las prisas, salí sin fijarme en que quedaba la luz encendida. Qué más da: voy a apagarla, sólo son unos metros. Entro en el despacho, apago la luz y ... me acuerdo que ayer pensé en cambiar las dos lámparas altas de las esquinas. Pues ya que estoy aquí, lo hago. Primero saco de un rincón la lámpara de papel y la alejo del lugar donde he pensado en situar la halógena. Ésta última está detrás de una mesa, de esas que suelen ponerse al lado de un sofá. Como el libro y el café esperan, pienso que lo más rápido será levantar la lámpara por encima de la mesa. Lo hago. Pero la altura no es suficiente y el cristal se golpea en el techo del despacho y cae roto en mil pedazos sobre el sofá, la alfombra y la mesa que intentaba superar.

Es sábado. ¿Por fin un rato para leer?

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