7.2.11

Recibió, por respuesta, un ¡¡NO!! seco, brusco, desprovisto de emotividad y huérfano de reflexión. Luego otro ¡NO!, sin significado, el típico espetado mientras nuestra atención se mantiene apegada a lo que estamos haciendo. Siguió otro NO más suave pero firme y consciente, con la mirada fija, segura y ligeramente desafiante. Hubo otro no mucho más tímido, tal vez por coincidir con un clamoroso silencio, al que le siguió otro más, esta vez ya casi inaudible. En realidad, aquellos noes cabezotas y testarudos respondían a una de esas preguntas que nunca quisiéramos haber recibido. Brotaron las respuestas más cómodas a la tensión del presente y el miedo les impidió la consideración tranquila y serena de la propuesta... No hubo lugar a más: la frustración había cegado su iniciativa.

Hace falta perseverancia y tenacidad si queremos cambiar alguno de nuestros hábitos; la fortaleza personal deberá ser equivalente al arraigo de tales hábitos en nuestro repertorio de comportamientos y/o de pensamientos. Si ponemos la mirada en nuestra vida, unas veces la veremos como la consecución de actos ejecutados casi automáticamente. Otras veces, nuestra conducta será la reacción a un impacto emocional fuerte o a un miedo atroz. Conviene que alimentemos nuestros días de calma y de reflexión sobre cómo somos y cómo solemos reaccionar en esos casos. Y esa consciencia sobre lo que hacemos, sobre lo que pensamos y sobre lo que decimos pasa porque tengamos algunos indicadores en nuestro camino: necesitamos algunos espejos para vernos de vez en cuando y no tropezar repetidamente en las mismas piedras... siempre cuando esos "tropiezos" no sean de nuestro agrado.


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