26.5.11

Malabares al piano

El viento apenas sopla. El mes de junio se adivina en el horizonte. Caen unas gotas de lluvia anunciadas hace rato por relámpagos que iluminaban el cielo cubierto de nubes. Las baldosas se suceden, una tras otra, parece que cada vez más deprisa con cada pedalada, mientras la humedad del río acaricia mis mejillas sedientas de luz y frescor. Pero el viento apenas sopla y voy cada vez más rápido. Levanto la vista y me sorprenden unos bolos volteando en el aire mientras una persona, vestida completamente de blanco, las recibe con gran maestría para volverlas a lanzar al espacio donde no dejan de dar vueltas. El caos armónico de esos malabares me ha tenido entretenido el resto de mi paseo: "¿cómo lo hacen?" -no dejo de pensar-. Sin darme cuenta, perdido en mis pensamientos y embriagado de admiración, el pedaleo me ha llevado al final de la ciudad; he de volver.

Con terca insistencia vuelvo a tropezar con la belleza de la plena atención en el aquí y en el ahora. Ha sido la tristeza y el enfado quienes se han apoderado hoy del papel principal de mi caminar. Y la ilusión alegre de un breve encuentro ha quedado oculta por una suerte de melancólica frustración. Un abrazo tierno me ha reconfortado.

Ahora suena mi viejo piano que muchas noches me acompaña y cuyas suaves melodías acarician mis neuronas hasta caer dormido. He recibido un par de bonitos mensajes electrónicos y el alma se me esponja todavía un poco más. "Ánimo; merece la pena intentarlo" -leo-. Estas palabras me han emocionado por dejarme ver un poco del alma humana.


Me han enseñado a no empujar el río. Hoy me doy cuenta.


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