18.10.11

Chocolate escurridizo

Ocurrió una tarde de verano. El calor ya no era tan intenso y al caer el Sol refrescaba al punto que no resultaba molesta una chaquetilla. Estábamos en el parque del pueblo; charlábamos unos cuantos amigos sobre lo que había ocurrido a lo largo del verano. Me impresionó la seguridad con que habló de sus vivencias. Parecía convincente. Pero mi sorpresa vino cuando afirmó que todo lo que habíamos vivido no le había valido la pena porque ya se había terminado. Como el que desprecia el pastel de chocolate porque ya se lo ha comido. El duelo de la pérdida por la culminación de un momento divertido le resultaba tan intenso que maldecía su suerte por haber vivido lo vivido. Y hablaba con amargura. Sin embargo, mis recuerdos de aquellos años son tan gratos que, todavía hoy, cada catorce de agosto, no importa donde me encuentre, me estremezco y me acuerdo de lo que estará pasando en mi pueblo.

Decíamos días atrás que todo cambia; y decíamos también que las personas pensamos constantemente en cómo incrementar nuestras experiencias placenteras al mismo tiempo que intentamos minimizar la menos gustosas: no es extraño que, con estos ingredientes, encontremos difícil la vida. Hagamos lo que hagamos, el placer pasará y el dolor volverá. Del mismo modo, también este dolor pasará y el placer volverá. Al ser seres inteligentes, pronto aprendemos que todo en nuestra vida es pasajero. Pues bien, ésta es una conclusión que suele crear una sensación generalizada de insatisfacción. Incluso en medio de momentos agradables, somos conscientes de que éstos acabarán pasando. Una vez que nos damos cuenta de que todo acabará pasando, la búsqueda de lo agradable, combinada con este incesante pensar, se vuelve un problema real. Pensar en el final de alguna actividad que hemos estado deseando durante un tiempo suele resultarnos tan doloroso que, a veces, nos esforzamos por expulsar dicho pensamiento de nuestra conciencia. El problema es que, mientras vivimos la hipotética experiencia agradable, muchos de nosotros nos “bloqueamos” pensando que va a terminar. Eso es lo angustioso. Sin embargo, hay otra cara de esa moneda que nos resulta escurridiza: no nos damos cuenta de que el quince de julio ya solo quedan trescientos cincuenta y tantos días para San Fermín.

No hay comentarios:

Deja tu comentario: