29.10.11

El ascensor

La preocupación era tan intensa que apenas podía mirar a otra parte desde que había colgado el teléfono. No sabría explicar bien qué es lo que me ocurrió. Bajé las escaleras del edificio porque el ascensor tardaba mucho, aporreando las puertas para que quien subía se enterara de mi impaciencia. Salté los escalones de dos en dos y casi me di un buen golpe al dar un traspiés en una de ésas. Corrí por la calle hasta alcanzar el coche y conduje como un loco por las calles hasta llegar al hospital. Dejé el coche mal aparcado y subí a la cuarta planta, corrí a la habitación y entré prácticamente sin llamar. El cuarto vacío me asustó. Pregunté y me dijeron que el paciente que buscaba se había ido a casa. Ciego e impaciente desde la llamada telefónica no me di cuenta de que si hubiera esperado al ascensor me habría encontrado con ella al abrirse las puertas.


Ya se ha dicho que la práctica de la atención consciente a lo que estamos haciendo puede ayudarnos a ver con mayor objetividad y aceptar las cosas como son. Esto tiene varias consecuencias que vale la pena repasar: de una parte, podremos aceptar la inevitabilidad del cambio y la imposibilidad de ganar siempre. Las preocupaciones por lo que nos va mal, que suelen ocupar nuestra mente, empiezan a perder fuerza, sencillamente porque no caben: si estamos ocupados atendiendo lo que hacemos, nos resultará imposible hacer una cosa y atender otra. De otra parte, al dejar de empeñarnos en controlarlo todo, ya no seremos tan dependientes de los altibajos cotidianos de la vida, y, en consecuencia seremos también menos susceptibles a problemas emocionales como la depresión, la ansiedad u otros problemas físicos relacionados con el estrés, como el dolor crónico y el insomnio. Por último, podemos añadir que la atención consciente también nos ayuda a liberarnos de nuestra dolorosa preocupación por el “yo”, porque lo que hace principalmente que la realidad sea tan dolorosa es lo que ésta implica para mí. Centrarnos en lo que le está ocurriendo a este “yo” me permite que las preocupaciones queden a un lado y no nos ocupemos de ellas hasta el momento justo.

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