23.10.11

Inconformismo

Tenía que ser estricta consigo misma. Sólo así podría llegar a ser "perfecta". Y de ese modo, ni su madre ni ninguna de sus amigas, ni siquiera ella misma podría reprocharse nada de lo que hiciera. Con frecuencia se "pillaba" pensando que había hecho algo mal o que algo no estaba como debía. En ocasiones dudaba de su propio punto de vista y acudía a alguna referencia que le resultara fiable, de manera que ya no sabía bien lo que realmente pensaba. Por momentos, se apasionaba en la búsqueda de ese mayor bien posible y se sentía satisfecha. No aceptaba aquella afirmación del Génesis en la que se dice que Dios miró lo que había creado y vio que "era bueno". Pero ella no estaba segura de eso y se empeñaba en corregir a los demás; en definitiva podía hacerlo porque era a ella misma a quien trataba con más severidad. Nunca se conformaba y luchaba por superar sus limitaciones.

Quisiera concluir las últimas entradas con una mirada a una de las respuestas que podemos darnos -unos con más facilidad que otros- para justificar nuestro sufrimiento: la insatisfacción es por culpa nuestra. En estos casos, llegamos a pensar que si no somos felices es porque, o bien hemos debido tomar alguna mala decisión, o bien existe algo fundamentalmente erróneo en nuestra naturaleza. ¿Haber elegido diferente a lo que elegimos en nuestra vida nos habría hecho más felices? ¿Seguro? Claro que hemos acertado muchas veces y aún así esa elección "correcta" no nos ha dejado completamente satisfechos. Y, a veces, en esas situaciones tendemos a concluir que debe haber en mí algo equivocado que hace que no funcionen siquiera las decisiones correctas. En ambos casos nos empeñamos en echarnos la culpa en vez de darnos cuenta de que la mayor parte de nuestro sufrimiento procede de hábitos de nuestra mente más que de nuestros fallos personales. El resultado es que agravamos aún más nuestra sensación de infelicidad.

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