21.10.11

La transfusión

Cuenta Anthony de Mello en su libro La oración de la rana (1990) que una niña estaba muriendo de una enfermedad de la que su hermano, de dieciocho años, había logrado recuperarse tiempo atrás. El médico dijo al muchacho: “Sólo una transfusión de tu sangre puede salvar la vida de tu hermana. ¿Estás dispuesto a dársela?”.  Los ojos del muchacho reflejaron verdadero pavor. Dudó por unos instantes, y finalmente dijo: “De acuerdo, doctor; lo haré”. Una hora después de realizada la transfusión, el muchacho preguntó indeciso: “Dígame, doctor, ¿cuándo voy a morir?”. Sólo entonces comprendió el doctor el momentáneo pavor que había detectado en los ojos del muchacho: creía que, al dar su sangre, iba también a dar la vida por su hermana.

Afortunadamente no somos como Doña Águila. Por arrogante que se nos pusiera Doña Tortuga, no seríamos capaces de soltarla para dejarla caer por la incomodidad que nos provocó durante un tiempo. Porque, a pesar de todo lo dicho hasta ahora, aún hay otro mecanismo evolutivamente adaptativo -que nos ha ayudado a sobrevivir- pero que contribuye a incrementar nuestros pesares, salvo que le demos un enfoque diferente a como lo hizo Doña Águila: nuestra predisposición a amar. Hemos desarrollado unas respuestas emocionales que nos unen en parejas, familias y grupos de apoyo más amplios. Nos nutrimos y protegemos unos a otros, aumentando así nuestras posibilidades de sobrevivir en este mundo hostil, donde la lucha por la vida se ve por todas partes. Sin embargo, estas emociones también nos llevan a otras que son -o pueden ser- más dolorosas. Con el amor, también nos lleva la posibilidad de preocuparnos del bienestar de nuestros seres queridos. En general, cuanto mayor es nuestra capacidad de amar, el bienestar de los demás se convierte en nuestro propio bienestar; y el dolor de los otros, también es el nuestro. Y es fácil percibir hasta qué punto esto nos ocupa nuestra mente con bastante regularidad.

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