5.10.11

Las galletas

Aquel viejo reloj había quedado sobre la estantería. Se paró hace ya un tiempo. Nunca se quejó. Simplemente estaba allí; y, de vez en cuando, se dejaba levantar para quitar el polvo que pudiera haberse acumulado. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que pudo oír el sonido de la maquinaria oscilando y marcando el paso de los segundos. Un día le dio cuerda. Y al escuchar su rítmico avance le transportó a todo un mundo de recuerdos infantiles y secretos con olor a galleta y miradas cómplices. Hoy ese "ruido" inunda el ambiente de su casa. A veces, cuando la melancolía se adueña de su anhelo, se sienta en la sala de estar y lo escucha y recuerda las palabras de la abuela que, con la sabiduría otorgada por la vejez, le solía repetir: "No olvides nunca que la vida no exige nada, sólo ser vivida".

Un solo estímulo es capaz de provocar el recuerdo de escenas que vivimos en nuestra infancia y que han quedado en lo más profundo de nuestra vida consciente. Y nos pone ante nuestros ojos una parte de nosotros mismos que fuimos y que, de algún modo, seguimos siendo. Tomar contacto con aquellas sensaciones nos puede permitir ver qué es lo que nos está pasando en el presente. He adquirido la costumbre de preguntarme: "¿Qué me pasa, que me siento ...?", especialmente cuando lo que siento es tristeza, o enfado, o vergüenza. Porque no es difícil darse cuenta de que las emociones nos indican el camino que nos lleva al conocimiento propio completo y real. Y cuanto más ponemos la solución a nuestros problemas fuera de nosotros mismos, más alejados estamos de aquéllos que un día fuimos.

Ahora el piano suena melódico y encuentra la calma en el mero vivir lo que Dios hoy le tenía reservado. Como siempre, un agradecimiento profundo por la dicha recibida y la vida vivida; además, un ruego para que mañana, si quiere, pueda cumplir con su cometido diligente y responsable; y saborear aquellas galletas.

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