6.10.11

Tachones y borratajos

Permanecía callado la mayor parte del tiempo. Apenas se movía: hacerlo significaba escuchar un reproche y una emoción incómoda, desagradable y potente brotaba desde sus entrañas hasta la garganta para lanzar un grito bravucón y asustar. Así le dejaban en paz. Nunca llegó a saber cómo consiguió comenzar a ocuparse de su vida. Sólo recuerda que un día, sin ni siquiera mediar una discusión con sus padres, se sintió mal y, sin reproche, tomó conciencia de lo que había estado haciendo. Cambió. No necesitó más.


¡Cuántas discusiones! La mayor parte de nuestros conflictos acaban reduciéndose a una disputa por demostrar que "mi manera de entender la vida es la manera correcta". Al fin y al cabo, si de lo que se trata es de vivir la vida, "yo sé cómo debe vivirse" -pensamos todos-.  Pero pronto surge la controversia, los puntos de vista diferentes cuando no contrarios. En la pareja. Con los hijos, en nuestro intento de educarles "como Dios manda" y con la intención de minimizar sus errores y sus meteduras de pata.  Y estamos seguros de la corrección de nuestra actitud porque lo hacemos para que no sufran. ¿No estaremos defendiendo nuestro ego? ¿No estará nuestra inseguridad escondida?

Una alternativa podría ser aclarar nuestra postura personal con respecto a lo que haya provocado el conflicto. Creo que la mayor parte de las veces estamos tan ocupados demostrando la corrección de nuestros planteamientos personales que no escuchamos ni prestamos atención a lo que nos están diciendo. Sólo es un paso, no la meta. Repito, no es la meta. Es un buen comienzo para el camino de la concordia: aclarar las posturas personales. Cambiar la dicotomía “me gusta-no me gusta” –que en algunas situaciones no resuelve nada-, por esta otra “quiero-no quiero”, “estoy-no estoy”, “acepto-no acepto”. Y el afecto siempre, ya que no discutimos con quien no amamos.

Desde el primer momento supo que estaba equivocado. Esa es la verdad.

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