15.10.11

Trepidación velada


Llegó el fin de semana... aprovecharé para dormir todo lo que pueda... la siesta hoy no me la quita nadie... a ver si recupero el tiempo que no he descansado durante la semana, aunque dicen que el sueño no se recupera... bobadas, serán leyendas urbanas porque cuando un día no duermo bastante, al día siguiente consigo hacerlo más de nueve o diez horas... por cierto, que no se me olvide ir a comprar a la papelería los lápices de dibujo... y como queda cerca de la cafetería, ésa que tanto le gusta, la llamaré por si quisiera quedar... me duele la rodilla; no debería haber hecho tanto deporte... ya me lo advirtió el médico... ¡qué cara de enfado tenía el otro día en la consulta!... ¡quién sabe lo que le ocurriría!... tenía un pisapapeles que me gustó... buscaré uno para mi mesa... voy a prepararme el desayuno... recuerdo que no me queda café... hay que ir primero a comprar...  qué pereza... luego llamo a los amigos, no vaya a ser que nos ocurra como anoche, que no nos encontramos tomando cañas...


Tenemos unos poderosos mecanismos de adaptación que nos permiten sobrevivir a lo largo de nuestra vida, aún cuando nuestras capacidades físicas son inferiores a los de otros animales y nacemos prácticamente indefensos. Venimos provistos de unos padres que nos cuidan y nos dan su cariño mientras es necesario. Y también venimos equipados con una extraordinaria capacidad para razonar y planificar. Nos llevará, más o menos, dieciocho años “poner el motor a punto”. Y una vez que lo conseguimos, nuestra capacidad de adaptarnos, en términos generales, es muy buena. Pero ocurre que esta actividad que nos es propia de pensar, razonar y planificar, aunque es maravillosa y muy útil, a veces nos complica tanto la vida que deseamos que pare. Una queja psicológica muy frecuente es no poder parar de pensar, lo que acaba provocando desazón emocional. Es una “emisora” que siempre está funcionando: no podemos “desenchufarla” para que pare de contarnos cosas. Nos hace estar preocupados por el futuro, pesarosos por el pasado, comparándonos constantemente con los demás de mil maneras posibles y cavilosos sobre cómo hacer mejor las cosas. Y es precisamente toda esta actividad, voluntaria o no tanto, la que impide que nos resulte verdaderamente satisfactoria la vida más allá de un breve lapso de tiempo. Te propongo que pares un momento a mirar lo que viene a tu pensamiento y busques las emociones que se asocian a esos pensamientos.

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