24.10.11

Una mirada nueva

Cambia la forma de mirar las cosas y las cosas cambiarán de forma (S. Pando, Creer es crear, 2010).

Las personas no sólo tenemos hábitos de pensamiento que nos provocan problemas emocionales, sino también poseemos facultades con las que afrontar tales dificultades. Esas mismas facultades nos ayudan a entender que es nuestra mente la que crea un sufrimiento innecesario. Nuestros propios pensamientos son los que generan nuestras emociones. Nunca insistiré en exceso que el modo en que interpretamos lo que sucede lo decidimos nosotros mismos cuando somos conscientes de un acontecimiento dado.  Luego, tenemos los medios necesarios para librarnos de aquel sufrimiento al que nos hemos referido en las entradas de la última semana. Nuestra percepción de los hechos que vivimos puede determinar, en buena parte, nuestro estado de ánimo. Y la plena conciencia puede aliviar aquel sufrimiento psicológico. De alguna manera, la identificación de los pensamientos -el darse cuenta de ellos- nos ayuda a tomar distancia de los hechos mismos y verlos en perspectiva. Y esto nos hace menos fluctuantes, menos variables; por tanto, más estables. La plena conciencia puede ayudarnos a comprender y acoger, en vez de rechazar, los inevitables claroscuros de la vida. Puede ayudarnos a reconciliarnos con nuestra condición de mortales destinados a buscar el placer y evitar el dolor, así como a vivir en un mundo lleno de esas dos cosas. Nos capacita para entender el cambio, que es, además, inevitable. Volver al presente cuando estamos rememorando el pasado -con sus emociones asociadas- o especulando el futuro -con las negruras anticipadas- nos hace vivir más plenamente y, en consecuencia, disfrutar más de la vida. También puede ayudarnos a ver lo necio que es compararnos con los demás. Y puede ahondar nuestra capacidad para amar al prójimo, en la medida en que esto nos hace vulnerables no sólo a nuestros éxitos y fracasos personales sino también a sus penas y alegrías.

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