20.10.11

Volar como las águilas

Aquí va hoy un cuento encontrado en la red: Doña Tortuga siempre se lamentaba de lo lenta y torpe que era. Amiga de hacer comparaciones, añoraba la esbeltez y ligereza con que se movían las aves. No se conformaba con su suerte y llegaba a ponerse pesada. -¡Qué fastidio tener que arrastrarme por el suelo, paso a paso y con fatiga! ¡Ah, si pudiera volar, siquiera por un minuto!- decía la tortuga un día sí y otro también. Por fin, un día de otoño, logró convencer a Doña Águila para que le diese un paseo por las alturas. Con gran suavidad y majestuosidad, águila y tortuga se elevaron en el cielo de la tarde. La segunda no cabía en sí de gozo, al divisar allá abajo, tan lejos, la tierra y sus habitantes. -¡Ah, qué maravilla! ¡Cómo disfruto! ¡La envidia que sentirán las demás tortugas, al verme volar tan alto! Realmente, soy una tortuga única- exclamaba, con voz entrecortada de la emoción. Tanto se cansó Doña Águila de oír sus vanidosos argumentos, que decidió soltarla. Así lo hizo y la orgullosa tortuga cayó como una piedra desde miles de metros de altura y se hizo pedazos contra el suelo. Algunas tortugas que vieron caer a su vecina, exclamaron llenas de compasión: -¡Pobrecita! ¡No logró darse cuenta de que es una tortuga!-.

En las anteriores entradas de esta bitácora hemos rozado dos asuntos centrales -a mi modo de ver- de la psicología intrapersonal: la autoestima y el poder. Dicho de otro modo: la sensación que tengo de mi propio valor como persona y la sensación que tengo de mi capacidad de hacer y conseguir cosas. Parece que las personas estamos programadas para tratar de incrementar nuestra estima personal. Del mismo modo que aprendemos a querernos según nos han querido, nuestra estima personal se va construyendo desde las comparaciones que hacemos con los demás, especialmente con los demás más parecidos a nosotros. Y estas comparaciones tienden a hacernos infelices porque, aunque encontramos personas “peores” que nosotros en alguno de nuestros rasgos de la personalidad que estemos considerando, también encontramos personas “mejores”. Y nos resulta muy complicado dejar de hacer estas comparaciones. Y esto no sólo porque tenemos una notable capacidad de pensar y pensar y pensar y seguir pensando, sino porque, además, las circunstancias que afrontamos no dejan de cambiar. Por tanto, los instrumentos de medida que empleamos para considerar si somos exitosos o fracasados en nuestras acciones se están recalibrando constantemente. Obviamente, con este modo de estar en el mundo, nos quedamos al albur de esos vaivenes. En esas pequeñas competiciones cotidianas, unas veces ganamos y otras perdemos. Y, definitivamente, las experiencias de ganar o perder dependen de la manera como creamos nuestra propia identidad.

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