17.11.11

A vueltas con el darse cuenta

Ha amanecido y la niebla de otoño me muestra una realidad borrosa. Me doy cuenta de cómo la melancolía se las ingenia para adentrarse en mis pensamientos, como la niebla por cada rincón de las callejuelas del centro de la ciudad. Estoy embotado por un resfriado que comienza a mostrar su cara más embravecida. Recuerdo, con nostalgia, la chimenea frente a la que me acurrucaba cuando, de niño, la fiebre acudía a mi encuentro, mientras mi madre me preparaba un vaso de leche bien caliente. Y ya se sabe que la debilidad sobre todo es emocional. Ahí va una de las pastillas que me nutren: http://youtu.be/QIObSmjUiy4. Por encima, el cielo azul se extenderá con su majestuosidad de siempre.


Atender lo obvio y encontrarle su significado real es la única condición para la vida consciente; y el cuerpo no deja de ser un vehículo necesario, pero no su origen. Es verdad que entendemos la consciencia como un instrumento, como una habilidad, como un mecanismo de nuestra mente. Resulta complicado explicar que el darse cuenta es algo en sí mismo porque no hay ningún aparato diagnóstico que nos permita ver cómo es eso de la atención consciente, ni dónde está. Sin embargo, siempre está ahí: es como el aire que, aunque no lo vemos, lo respiramos; es, a mi modo de ver, la auténtica matrix desde la que aprehendemos cuanto nos rodea. Puede resultar complicado sentirla como algo en sí mismo. Es un objeto sustantivo con aspecto de acción verbal. Es un conocer amplio, abierto, sin prejuicios, ni forma ni color que contiene todas las cosas que son posibles en la realidad y en nuestra imaginación. Porque no se limita sólo a lo que realmente existe. Por eso se dice del darse cuenta que no está condicionado, no hay nada imposible a esa habilidad nuestra. Advierte cómo tu atención consciente recibe toda la variedad de experiencias sin cerrarse a ninguna para favorecer a otra. Es igual que una cámara de vídeo que graba cuanto se pone frente al objetivo.

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