3.11.11

Agridulce

En su mente se libraba la gran batalla: estaba convencido de que tenía razón, ella parecía aceptar, no respondía ni se defendía y, sin embargo, él no se sentía mejor. De algún modo estaba "saliéndose con la suya" pero el coste estaba siendo excesivo: distanciamiento, tristeza,... victoria agridulce. Por un momento pensó que habría preferido que se defendiera. Su silencio también le resultaba incómodo. 


Cuando hacemos el esfuerzo de poner nuestra atención conscientemente en lo que está ocurriendo en estos momentos en nuestra mente, cambiamos nuestro modo habitual de afrontar las experiencias difíciles, incómodas o desagradables: en lugar de tratar de escapar de ellas o evitarlas -lo que, según ya se ha dicho, incrementa los problemas-, nos fijamos en ellas como si quisiéramos hacer una descripción superrealista de la emoción. Con el tiempo y con la práctica, las experiencias complicadas se vuelven mucho más fáciles de sobrellevar y acabamos agobiándonos menos fácilmente. Lo paradójico vuelve a visitarnos: al intentar esquivar una emoción no nos deshacemos de ella y al intentar vivenciarla en toda su plenitud, pierde su sentido de alarma y se nos hace más fácil. Se trata de centrarnos en lo que está haciendo la mente en cada momento y no tratar de eliminar los pensamientos, sino fijarnos en ellos, para darnos cuenta de que son sólo eso, pensamientos, y de que no reflejan necesariamente la "realidad" externa. De este modo seremos más hábiles en la identificación de pensamientos irracionales que, según se decía ayer, pueden encender la mecha del enfado, por ejemplo. Y, lejos de renunciar a todo el mundo emocional, reparamos en nuestras emociones con suma viveza y conseguimos reacciones a ellas según nos convenga: así nos permitimos elegir ser felices en lugar de luchar por tener la razón. Al no huir de las emociones y elegir conscientemente la respuesta que damos, incrementamos nuestra sensibilidad al mismo tiempo que nos capacitamos para sentirlas más plena e intensamente.

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