19.11.11

Algarabía

En el fondo de todo aquel griterío sonaba la música suave, melódica y sin estridencias. Resultaba difícil avanzar a través del bullicio, tanto que en otras ocasiones había dado media vuelta y había regresado al principio. Sortear la escandalera le resultaba angustioso y lo fácil era no moverse o volverse. Sin embargo, la experiencia le decía que así no podría disfrutar de la calma. Así no se vive. Esta vez el alboroto no ganaría.


La relajación nos permite acceder al conocimiento inmediato de lo que sucede en el pensamiento: sólo tenemos que adoptar una postura cómoda, cerrar los ojos y dirigir la atención hacia la mente. Lo más probable es que notemos un parloteo sin posibilidad de hacer nada con él: pensamientos sobre lo que nos da miedo o sobre lo que más nos ilusiona acaban por provocar una reacción, como si hubiera que hacer algo con todos esos pensamientos. Pero no siempre ha de ser así. Parte del aprendizaje de la atención consciente supone resistir todo el flujo de pensamientos sin hacer nada con ellos, simplemente viendo cómo se suceden, uno tras otro, en la mente. El objetivo, como decíamos ayer, es percibir, en toda su amplitud, la propia consciencia. Ahora bien, ¿Supone esto convertirse en el único objeto de nuestra atención? Obviamente no. Descansar en el saber no es lo mismo que volverse indiferente (Kornfield, 2010). No obstante, podemos aprender a reconocer las actitudes de huida cuando los conflictos con los demás nos acucian. Probablemente, en una rápida revisión de nuestros recuerdos, podamos ver como la tristeza, el enfado o, incluso, la mentira acaban siendo las soluciones elegidas frente a algunos conflictos. La desconexión y el desapego, de un modo u otro, es un recurso frecuentemente empleado; es eficaz, a corto plazo, para calmar la tensión del conflicto. Incluso dándonos cuenta de lo anterior, podemos seguir recurriendo a ese mecanismo de defensa cuando no encontramos otro más adecuado. Pero, ¿a qué coste?

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