11.11.11

Círculos concéntricos

La respuesta fue rápida y desafiante. No quería que le descubrieran la mentira. Su ideal era la puntualidad. Pero podía buscar una excusa socialmente aceptable para esconderse del reproche. En realidad, él no veía tan mal el levantarse tarde porque el trabajo le obligaba a trasnochar. Pero, como quería cumplir con la palabra dada, al no conseguir levantarse al primer aviso de su despertador, prefirió mentir. Nadie le habría juzgado y lo sabía; pero no pudo esquivar su propio juicio. Desde que aprendió a protegerse de su propia mirada con la mentira, el enfado era su estado de ánimo habitual.


Podríamos sintetizar que en nuestro mundo emocional sólo hay dos emociones de las que surgen todas las demás: el amor y el miedo. En realidad considero que sólo hay una y su opuesto: el amor. Su movimiento natural es crecer como la onda producida por una piedra lanzada a un lago: círculos concéntricos que, de dentro a afuera, alcanzan cada vez más espacio desde su origen. El centro está en el yo y, si se quiere, en lo corporal del yo. La actitud amorosa, respetuosa y compasiva hacia el propio cuerpo es natural e intuitiva; todos cuidamos de él con responsable diligencia acudiendo al médico cuando enfermamos. Sobre lo emocional, segundo de los círculos, ya no lo tenemos tan claro. El miedo hace estragos y construimos mecanismos de defensa que nos impiden ver con claridad que la vergüenza y la mentira -por ejemplo- no valen para nada. La mirada amorosa y respetuosa entonces se complica, pero es tan natural como la dirigida al cuerpo. Después ya nos tropezamos con los demás, quienes nos contagian la alegría, la tristeza y todas las demás emociones con el mero encuentro casual. La empatía, el respeto y la comprensión de los demás está a nuestro alcance. Nuestro trabajo consiste en expandir de forma natural los límites de la conciencia a la compasión hacia todos los seres, como si formasen parte de nuestra familia (Kornfield, 2010). Podemos aprender que aunque la mirada amorosa esté dormida debido al miedo, el rencor, la vergüenza o la tristeza, podemos despertarla de nuevo, para vivir momentos en los que resplandezca la apertura y la belleza de nuestra naturaleza. Eso sí, trabajando en círculos concéntricos.

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