12.11.11

El esquiador enfadado

Recuerdo que fue volviendo a casa cuando tuve aquella impresión que me resultó tan extraña. Hasta aquel momento mi vida había sido emocionante y fácil. Cuando discutía con alguien, siempre eran los demás los que me hacían enfadar. Casualidad seguramente. Era capaz de sortear esas discusiones como si fuera un esquiador haciendo slalom, incluso cuando percibía mala intención en los otros. Luego, intentaba corregirles en su error. Pero claro, eso nunca resultaba. Aquel día, volviendo a casa, me di cuenta de que llevaba toda la vida enfadado con los demás.


Son frecuentes, siguiendo lo dicho hasta ahora, los problemas derivados de la falta de valía personal, la autocrítica más o menos consciente, la vergüenza asociada a esa autocrítica e incluso el odio hacia uno mismo. Solemos intentar hacer las cosas bien porque no tiene sentido hacerlo de otro modo, pero al mismo tiempo tenemos una sensación inconsciente de no ser queridos por quienes queremos que nos quieran y, por tanto, no dejamos de buscar la aceptación. Y es que cada uno de nosotros lleva en su interior su propia carga de dolor. A veces ese dolor que sufrimos es grande y evidente; otras veces es sutil. Como resultado, a menudo nos sentimos y nos comportamos como si ya hubiéramos sido rechazados. Y para sobrevivir, tenemos que ocultar nuestra intimidad y defendernos. Dejamos de creer que somos valiosos y dignos de ser amados. Sin embargo, no importa lo escondidos o perdidos que hayamos estado, el cambio se produce con la recuperación de la caridad y del amor por uno mismo. Si nos volvemos a conectar con nuestra ternura, podremos darnos cuenta de que es posible despertarla de nuevo de una forma tan simple y directa. Es la compasión hacia nuestro miedo y nuestra vergüenza lo que nos abre a todo los demás. «No importa cuál es la explicación o justificación que das a tu dolor, a tu ira, a tu temor, o a cualquier forma de envenamiento; lo que necesitas es desprenderte del veneno que llevas tú dentro; eso es perdonar» (Corchs, 2011).

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