14.11.11

Hace unos meses

Hace unos meses tuve una conversación curiosa. Una persona muy querida padece una enfermedad que le provoca dolores intensos, incómodos y crónicos. Se enteró de un especialista que podría recomendarle algunas estrategias distintas a las empleadas hasta ese momento. Acudió. Y durante un tiempo sus dolores se calmaron, incluso su estado de ánimo pareció mejorar y decía sentirse más viva. Hace unos meses hablamos y, tras relatarme las mejorías que había sentido, afirmó que abandonaba el nuevo tratamiento porque suponía dedicar gran parte del tiempo del día a cuidarse. Y eso no podía ser porque tenía otras cosas más importantes a las que dedicarse... de esto han pasado ya unos meses.


Haré un último comentario sobre la empatía y la comprensión hacia uno mismo. El cuidado de uno mismo no supone olvidarnos de los demás. De la misma forma, ocuparnos de las personas que amamos no supone que nos olvidemos de lo que necesitamos. La actitud compasiva ante la vida no es dependencia sumisa ni imposición de lo propio. No es ni perder el respeto por nosotros mismos ni someternos con los ojos cerrados a las demandas de los otros. Puede que unas veces tengamos miedo -erróneamente- de que si somos demasiado empáticos nos inundarán con sus sufrimientos; mejor dar una palmadita en la espalda para animar, mientras proponemos tomar una cerveza -¿para olvidar?-. Otras veces nos sentiremos egoístas pensando que no hacemos más que mirarnos nuestro ombligo. La atención consciente a lo que sentimos da su fruto emocional solamente cuando la dirigimos a nosotros mismos y a los demás, cuando ambas partes están en equilibrio, en armonía. La actitud compasiva supone compromiso con uno mismo y compromiso con las demás personas y nos trae de nuevo a la vida, si es que no nos hemos perdido en la ensoñación de lo aparente. Pero... lo aparente, ¿no lo será sólo a nuestros ojos?

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