20.11.11

Hayedos en otoño

Solía escaparse al monte a caminar. Sólo unos kilómetros en coche y la función comenzaba si la luz del otoño alumbraba sus días. Ocres y anaranjados, rojos y granates, moteados con verdes intensos le acompañaban junto al crepitar de sus pisadas sobre las hojas secas caídas sobre el sendero. Su mundo cambiaba. Respiraba aquella energía invisible que llenaba todo el valle y su mirada lograba sonreír ante lo bello. Sólo habían sido unos minutos y la tristeza había mudado la piel. Aquellas vivencias tan agradables solía acompañarlas de una buena cuajada servida en cualquier caserío perdido en el monte que saliera a su encuentro.


Considero que la mayoría de nosotros conocemos la manera de desconectarnos de la realidad cuando algo nos duele o nos incomoda. El desapego del que hablábamos ayer suele emplearse para protegernos de ese dolor y de aquellos conflictos. Unos se alteran y presionan para conseguir que el mundo se acomode a su preferencia. Otros se retiran y se anestesian bajo un caparazón duro. Puede parecer indiferencia, en ambos casos, a todo lo que ocurre a su alrededor. Incluso en los más patológicos hay una completa desconexión de las emociones. Sin embargo, para "descansar" hay que darse cuenta de esta indiferencia defensiva e inconsciente y reaprender a sentir, como cuando éramos niños. Frente a la contracción por el miedo -gesto de la tortuga asustada- sólo cabe la apertura de los sentidos a las emociones. Son actitudes opuestas y, por esa razón, habitualmente nos resulta difícil comprender que la evitación no es más que una defensa que nos incapacita. El darse cuenta presenta, desde este punto de vista, dos modalidades: de una parte el flujo continuo y siempre cambiante de lo que sucede a nuestro alrededor -y frente a lo que reaccionamos emocionalmente- y, de otra parte, aquello que conoce lo que ocurre y lo que sentimos ante lo que ocurre. Sólo en esta segunda modalidad podemos descansar en el ser.

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