30.11.11

Libertad paradójica

Estaba tan apesadumbrado que no pudo evitar que sus ojos se humedecieran al encontrarse. Hacía mucho frío afuera. Estaba congelado por dentro. Una contrariedad absurda y disparatada le quemaba el alma y le anulaba su empeño. -¡¡No es justo!!-, gritaba con voz casi inaudible y ojos aterrorizados. No sabría decir cuánto miedo había habido en la confianza entregada sin reciprocidad durante años. Es de suponer que mucho; pero eligió confiar. Ahora el dolor le tenía desolado. Sus ojos tristes, cansados e impotentes imploraban piedad. Tras unos minutos de silencio, su aflicción mutó y su rostro mostró una calma contagiosa: -Ahora soy más libre- se dijo. Cuentan que sonríe al recordar.


Decíamos ayer que el yo se va creando momento a momento. De bebés este desarrollo ocurre de un modo lento e inconsciente; poco a poco, a lo largo de nuestro crecimiento vamos teniendo más consciencia. Visto desde otro punto de vista, podríamos decir que aprendemos a poner límites y a individualizarnos de nuestros padres e iguales. Con la seguridad y el afecto de los demás, logramos desapegarnos de ellos y construir un yo sano. Es cierto que nos solemos quedar atrapados en alguna de las etapas del desarrollo, con el consiguiente sufrimiento asociado por no lograr satisfacer alguna de aquellas necesidades a las que nos referíamos. Surge así el ego que se instala en estados de apego e identificación cristalizada, con mecanismos de defensa idiosincrásicos. Obviamente, éste es un yo provisional y creado por aquel apego y por las múltiples identificaciones que empleamos en nuestro deambular por la vida (hijo, hermano, amigo, padre, alumno, profesional de esto, abuelo, deportista, aficionado a algún hobbie...). ¿Cómo es el yo que hay detrás de todas esas identificaciones? El objetivo del desarrollo sano del yo es conseguir la capacidad funcional de dirigir nuestra vida, manejar las frustraciones, hacer uso de los recursos disponibles, afrontar los conflictos, estar activos, amar, crear y cuidar de uno mismo y de los demás. ¡Ahí es nada!

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