4.11.11

Moscas a cañonazos

Ella escuchó en silencio sus palabras y fue consciente de la impotencia que estaba sintiendo. Dijera lo que dijera, pensó que él no sería capaz de escucharla sin rebatir o sin acabar culpándola de todos sus males. Su interior enrabietado reivindicaba el derecho a defenderse ahora, pero sabía que no serviría más que para empeorar las cosas. Decidió hablar más tarde con él; ése no era el mejor momento. No responderle ahora suponía evitar el conflicto; retrasar su respuesta, abría la posibilidad de que la escuchara o que se diera cuenta por sí mismo.


Uno de los retos a los que tenemos que enfrentarnos la mayoría de nosotros es el de la aceptación del enfado. Encontramos muchas razones para ocultarlo completamente y no dejar que se vea. El iracundo suele ser vergonzoso porque no está contento con su manera de ser y, por esa razón, busca disfraces: se camufla tras la brillantez de la ironía sublime, o tras el poder del que tiene el mando, o tras la dulzura de la hipocresía, o tras la rectitud de la persona severa; tal vez se escude en el amor protector de la persona celosa o en la justicia del rencoroso o, incluso, en el humor del bromista mordaz (Larraburu, 2009). El único problema es que cuando se deja ver en todo su esplendor suele "matar las moscas a cañonazos". Hoy sabemos que la ira tiene su origen en el estrés y en la tensión causados por el dolor, la frustración o la idea de amenaza, cuando vienen acompañados de culpabilización del otro ("Si no hicieras eso yo no me enfadaría") o de afirmaciones tipo "deberías" ("Me enfado porque tú no has hecho lo que deberías"). El estrés en forma de dolor -por la pérdida, el rechazo, la desesperación, el miedo, la frustración, el daño, el abandono... reales, supuestos o anticipados) más aquellos pensamientos activadores provocan la sinfonía emocional del enfadado. Sin embargo, con la atención consciente podemos darnos cuenta de tales pensamientos -erróneos o acertados- para evitar la respuesta con ira.

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