29.11.11

Rompecabezas

El niño, a trompicones y con más de una culada, intentaba darle a la pelota con el pie. Al principio su mamá le animaba y, de lograrlo, le recompensaba con aplausos y sonrisas... ¡cómo le gustaba recibirlos! Más tarde, cuando su habilidad comenzaba a afianzarse, cada vez que se le ponía un balón a su alcance, lanzaba la pierna y le daba con todas sus fuerzas. Luego se giraba y miraba a su mamá con la esperanza de recibir su premio: el elogio y el mimo. ¡Con qué naturalidad se aprende cuando somos pequeños! Nunca pudo con los rompecabezas.


Lo que parece claro es que todo lo que hacemos en nuestra vida va dirigido a mantenernos sanos, tanto desde el punto de vista biológico, como desde el socioemocional. Y forma parte también de este objetivo tener un claro sentido de la identidad personal. Parece que igual que nuestro cuerpo, en su desarrollo, va adquiriendo características nuevas, el yo, también en su desarrollo natural, debe ir haciéndose «fuerte». El niño intenta controlar y manipular el mundo que le circunda, fortaleciendo así su identidad personal, cuando se da cuenta de que sus figuras de apoyo (habitualmente los padres) no pueden satisfacerle sus necesidades. En su crecimiento, el niño aprende a sentirse a sí mismo como un yo separado que puede afrontar los miedos y las frustraciones de la vida, desarrollando las habilidades que se lo posibiliten. A veces, los padres nos animan a hacer algo en concreto y, al lograrlo, el éxito mismo hace que lo aprendamos rápidamente. Otras veces, la imitación nos empuja a hacer o a dejar de hacer. Y, en algunos casos, nuestras necesidades quedan insatisfechas porque no somos capaces de aprender las habilidades necesarias que nos lo permitirían. En este último caso, la identidad se va formando con debilidades que, en algún momento de nuestra vida, pudieran pasarnos factura.

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