21.11.11

Tiene un mensaje electrónico...

"Estaba completamente seguro de las respuestas y, tras un largo silencio del tribunal, me temí lo peor. Así ha sido, he suspendido. Pero aquel silencio me permitió ver que yo no era el examen. Prueba superada".


Hace unos días recibí este mensaje en el buzón de entrada de mi correo electrónico. Es un buen ejemplo para cerrar lo que hemos dicho hasta ahora sobre la atención consciente. En definitiva, hemos hablado de dos aspectos que debemos tener en cuenta: la corriente continua de experiencias conscientes y la consciencia misma que las conoce. Pues bien, en aquella corriente continua de percepciones y pensamientos podemos advertir pequeñas pausas, pausas que no dejan de ser oportunidades para percibir el otro aspecto planteado: la capacidad de atender conscientemente. Dejamos de navegar en el "drama" que nos perturba y creamos un espacio en donde, tomando una cierta distancia -cada uno la que precise-, nos podremos relajar. Son espacios en donde la libertad es posible siempre. Pero, ¿qué es esa capacidad? ¿Dónde la tenemos? Éstas son preguntas sin respuesta. No hay nada ni nadie detrás. Se trata sólo de la capacidad de ser conscientes en sí misma. Nuestra tarea es aprender a permanecer con la percepción de esa capacidad y confiar en ella; es aprender a distinguir entre los acontecimientos de la vida y la consciencia que los conoce. Para, posteriormente, aprender a concentrarnos en ese conocer imperturbable, sin importar las circunstancias de alrededor. Así surge la compasión de la que hemos hablado en entradas anteriores.  Y todo nuestro ser puede percibir la situación y, no obstante, estar en calma. Podemos observar la danza de la vida, incluso bailar nosotros mismos, pero no estamos atrapados en ella. En cualquier situación podemos abrirnos, relajarnos y percibir nuestra capacidad de percibir conscientemente y la de todas las personas. Seguro que tiene esto algo que ver con lo que hablábamos de la dignidad del ser humano.

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