22.11.11

Una llamada cualquiera

Puede que nada nos parezca tan real como lo que se nos presenta a las emociones. Al menos así lo sentimos cuando nos duele. Había sido un día fácil, uno de esos días en los que parece que el mundo está puesto ahí para uno mismo. Su trabajo, que se antojaba difícil y al que le había dedicado las últimas semanas mucho más tiempo del que ahora parecía necesario, resultó ser sencillo. Volvía contento a casa, conduciendo tranquilo y satisfecho después de tres días fuera, deseando llegar para compartirlo. Charlaba sobre lo ocurrido durante el viaje con su compañero de faena y sonó el teléfono...


Pasamos gran parte de nuestra vida intentando alcanzar una felicidad que no llega; incluso cuando parece que podemos tocarla con las yemas de los dedos, se nos acaba escapando. Parece que su naturaleza es efímera y somos nosotros los que nos empeñamos en que sea estable; no, no funciona la manera que tenemos de intentar ser felices. Incluso las personas "más afortunadas" gozan y sufren, ganan y pierden, hacen muchas cosas bien y otras tantas mal. Las circunstancias externas a nuestro alrededor están permanentemente cambiando. Sólo es cuestión de tiempo y la vida se nos muestra de otro modo, unas veces más gustosa, otras más desapacible. Todo cambia, nada permanece. Tenemos que conseguir darle un enfoque diferente al asunto de la felicidad para estar más pendientes de lo que ocurre en nuestra consciencia, más que de lo que hay a nuestro alrededor. Sentimos la vida en función de cómo la recibimos con la mente porque, en última instancia, lo consciente se construye con lo que se recibe de los sentidos y con lo que se recibe de los pensamientos, de las emociones y de las expectativas que tenemos. Por eso, la sensación de felicidad que en un momento sentimos, se pierde al momento siguiente. La realidad es dinámica.

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