2.11.11

«Yo tengo razón»

Lo cotidiano de la escena no me impide observar la contundencia del desencuentro.


Estoy en un bar. La gente entra y sale bulliciosa, divertida, arrogante si les mantengo la mirada... Frente a mí una pareja dialoga. No parecen contentos, más bien todo lo contrario. Apenas puedo ver los gestos de quien habla al estar sentado de espaldas a mí. Sea lo que sea lo que esté diciendo, no gesticula mucho. Sus silencios se me hacen audibles al centrar mi atención sobre ellos. Parece dialogar con su mujer, pero ella apenas levanta la mirada de la mesa, mientras sus uñas juguetean con los trocitos de la servilleta de papel que ha hecho añicos en los últimos minutos de escucha. La miro y veo su cansancio al tiempo que su compañero sentencia con firmeza: «Yo tengo razón».


La lucha encarnizada por tener la razón tiende a reducir la posibilidad de encuentro. A diario nos encontramos «peleando» por conseguir que nuestro interlocutor sea capaz de darse cuenta de la Verdad de nuestras palabras. Acabamos prestando más atención a cómo queremos que sean las cosas que a cómo son las cosas en sí. Pero éste es un enfoque centrado en la incomodidad. Al cruzarse en nuestro camino algo que nos incomoda, intentamos por todos los medios desembarazarnos del asunto. Queremos que la vida se ajuste lo más que podamos a como nosotros entendemos que debe ser vivida. Por esa razón, en las relaciones de pareja pronto podemos notar pequeñas luchas por la razón. Sin embargo, ni siquiera en el caso de que tengamos razón, éste es un motivo suficiente para que el otro cambie. Y, en cualquier caso, lo que más importa para nuestra sensación de bienestar no es nuestra capacidad de convicción ni la intensidad de la experiencia que nos incomoda, sino más bien, nuestra capacidad de soportarla... al menos hasta que el otro se da cuenta de su error, si fuera el caso.

No hay comentarios:

Deja tu comentario: