1.12.11

Bloqueo

Era tanto el dolor que tenía en su corazón que no podía pararse a sentirlo ni un segundo. Volvía una y otra vez a la búsqueda de razones que le permitieran entender: lo había hecho durante tanto tiempo que no lograba ver la utilidad de hacerlo de otro modo. Pero el corazón no entiende de razones, ni la razón entiende de emociones. Aquel día se anestesió como pudo. Y se quedó con ganas de decírselo: cuando no se movía era cuando la fastidiaba. Fue verdaderamente consciente.


Tal vez resulte sorprendente, pero considero que nuestra personalidad es algo menos definitivo y estático de lo que pensamos; creo que es tan dinámica que incluso podríamos decir que renace en cada momento de nuestra vida. Y, desde este punto de vista, la respuesta a la pregunta con la que iniciamos el trabajo esta semana sería: no soy nada, no soy nada consolidado, invariable, permanente. Y, sin embargo, desde la perspectiva de la dignidad humana, habría que decir que el valor de cada persona es infinito. Pues bien, nuestra vida transcurre entre esos dos polos: la dignidad y la eventualidad, el todo y la nada. En la práctica, aprendemos a relacionarnos con el mundo desde las falsas ideas que tenemos de nuestro yo. Y en eso consiste nuestro trabajo personal: soltar la idea limitada y sesgada del yo, desvinculándolo de los apegos que nos dan identidad, puesto que son completamente opcionales. Y esta habilidad la tenemos todos. Si no lo conseguimos, en la medida en que nos aferramos a estas identidades, sufrimos. Por ejemplo: mi papel de psicólogo no sirve cuando estoy con mis amigos. Si queremos ser libres, necesitamos poder representar cada rol totalmente, con consciencia y compasión, y dejarlo ir cuando ya no nos sirve. Y podremos ser libres sólo si bajo todos estos papeles temporales no olvidamos quiénes somos realmente. Mañana más de las identificaciones.

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