2.12.11

El juez

Era tarde. Ya había anochecido. Recuerdo el frío que recorría mi cuerpo. La niebla había invadido aquel rincón que forman las laderas del monte más cercanas al edificio administrativo y apenas se veían unas luces allá abajo, en el pueblo. Un mar de voces resonaban en mi mente, un torrente sinfín de pensamientos que no recuerdo cuando comenzó a inundar mi ser: estrés apenas sentido que ahora noto por lo que me impide mirarme. Preocupación vigilante por la amenaza inexistente del vivir cotidiano y de la opinión ajena, siempre afilada y socarrona en mis oídos. Pero el juez estaba dentro. Ahora lo sé.


Del mismo modo que nos identificamos con un rol determinado, podemos identificarnos con una imagen de nosotros mismos. Suele preocuparnos parecer inteligentes, o atractivos, o fuertes... porque también sentimos las cualidades opuestas dentro de nosotros. Y así, para compensarlo, creamos una imagen de nosotros mismos en la que nos apoyamos como fuente de identidad. Si notamos esta lucha, más o menos constante, podremos mirarnos con serenidad y el sufrimiento cederá. En la preocupación por y en la defensa de la imagen no hay una verdadera apertura a los otros. Y lo que es peor, todos esos pensamientos crean sufrimiento. Pero, cuando nos liberamos del apego a nuestra imagen -lo que no significa descuidarnos-, se produce un enorme alivio y el mundo se nos abre de nuevo. En realidad, cada identificación es provisional, una mera ilusión. Si examinamos nuestra imagen, nuestra procedencia, nuestros roles, podemos darnos cuenta de que son temporales. Y podemos aprender a vivirlos dignamente sin estar totalmente identificados con ellos y sin diluirnos en ellos. En esencia, estas identificaciones no son lo que somos en realidad. La respuesta a la pregunta de quiénes somos la encontraremos en nuestro corazón y en la conducta virtuosa, el reconocimiento de nuestra dignidad personal y la actitud compasiva con la vida. La madurez requiere la capacidad de asumir cada uno de los diversos papeles que se nos asignan o que elegimos. Y la libertad se apoya en que los mantengamos con ligereza, viéndolos como lo que son, simplemente roles.

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