9.12.11

Esperanza

«Sí, piensa Clarissa, ya es hora de que termine el día. Organizamos fiestas; abandonamos a nuestras familias para vivir solos en Canadá; con gran trabajo escribimos libros que no cambian el mundo, a pesar de nuestras dotes, sin escatimar esfuerzos, y a pesar de nuestras esperanzas más descabelladas. Vivimos nuestra vida, hacemos lo que hacemos y luego dormimos: es tan sencillo y vulgar como esto. Unos pocos se tiran por la ventana o mueren ahogados o toman pastillas; más personas mueren a causa de accidentes; y la mayoría de nosotros, la gran mayoría, somos devorados lentamente por alguna enfermedad o, si tenemos mucha suerte, por el tiempo mismo. El único consuelo que tenemos a esta hora o aquella en que nuestra vida, contra toda probabilidad y contra toda expectativa, se abre de pronto y nos da todo lo que hemos imaginado, aunque todos, menos los niños (y quizás ellos también), sabemos que a esas horas, inevitablemente, les seguirán otras, mucho más oscuras y más arduas. Apreciamos, no obstante, la ciudad, la mañana; por encima de todo, confiamos en que sigan existiendo» (M. Cunningham, 2003, Las horas).


Nada externo nos da lo que realmente buscamos.

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