5.12.11

Éxtasis en la fantasía

Allí estaba, sentado en su sillón de cuero negro, esperando que la vida fuera a buscarle. De vez en cuando se levantaba para fumarse un cigarrillo que había liado con esmero y delicadeza durante un buen rato; se acercaba a la ventana y contemplaba el valle; imaginaba que todo se encontraba a sus pies. Absorto ante la grandiosidad del paisaje pensaba que merecía una «buena vida». Menos mal que no era muy antojadizo. Aún así, todo seguía igual porque todo lo hacía del mismo modo. Ya se sabe: nada cambia si nada cambia. Y desde abajo, aquella casa que comenzaba a necesitar algún que otro arreglo parecía estar demasiado lejos y nadie acudía. Allí estaba, sentado en su avejentado sillón de cuero negro, extasiado en su fantasía.


Cuando nos damos cuenta de la carga de ilusiones y de fantasías que han marcado nuestros pasos y del tiempo pasado imaginando lo que pudiera ser, podremos relajarnos y llorar por nosotros mismos y reír porque, por fin, nos hemos desapegado de quien más frenos nos pone: la parte más cicatera del yo. Costará todavía un poco deshacernos del todo de los impedimentos que nos vamos poniendo y de las piedras del camino -muchas de ellas en forma de fantasías que nunca llegan a realizarse-. Pero, al menos, estaremos en el camino. Puede que la sola idea que tratábamos ayer pueda provocar vértigo; sin embargo, incluso a aquellas personas que más inseguras y frágiles se sienten, la idea de la libertad que existe más allá de la propia imagen, más allá de su ensueño, puede beneficiarles. Será normal sentir miedo, temer perdernos si salimos de nuestra presunta vida. Podremos, entonces, dejarnos caer en la realidad de nuestro ser, que es perfectamente digno, compasivo y seguro, y relajarnos para descubrir y soltar al falso sentido del yo que tanto nos fascina.

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