6.12.11

Se olvidó de sentir

A veces estaba tan apegada a su manera de ver el mundo que un momento de alegría podía convertirse en un suplicio en apenas una décima de segundo. Evitaba a toda costa contagiarse de la tristeza o de la ira que hubiera en el ambiente. Fuera de su casa, en raras ocasiones se le veía una mala cara, a costa de que apenas la conocieran sus propias amigas de la infancia. En definitiva, ¿qué mal estaba haciendo si sonreía a todo el mundo y todo el mundo la quería? Y, en casa, las cosas eran tan obvias para ella, que no dudaba en luchar porque todo fuera como a ella le gustaba. Y, así, nunca había sido capaz de aprender a sentir tristeza, o enfado, de un modo saludable. Parafraseando la famosa canción, se olvidó de sentir.


A lo largo de nuestro desarrollo prácticamente todos nosotros hemos tenido la vivencia de que todo era fácil, que el tiempo fluía y apenas había que hacer esfuerzos para seguir adelante. Vivíamos, en esos momentos, de manera flexible y relajada, sin tomarnos las cosas personalmente. Solíamos ser afables, receptivos, estábamos presentes y, sin embargo, no estábamos rígidos. No nos aferrábamos demasiado a nuestro punto de vista, no mostrábamos un apego fuerte a la manera en que pensamos que deben funcionar las cosas, ni sujetábamos tensos lo que considerábamos «mío». Seguro que nos esforzábamos al máximo para conseguir lo que necesitábamos sin notar el esfuerzo y no realizábamos juicios gratuitos de las decisiones que las demás personas tomaban en su propia vida, aunque nos incumbiera o nos influyera. En cualquier momento podíamos soltarnos y experimentar la vida sin ese mío. «Cuando la identificación con el pequeño yo se abandona, lo que queda es el corazón espacioso que está conectado con todas las cosas» (Kornfield, 2010). ¿Por qué se nos olvidó vivir así?

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