22.1.12

Diálogo

Cuecen las lentejas entre expectativas... a fuego lento. Unas se cumplen; otras no y la frustración nos distrae. Incluso entre las primeras, algunas de ellas son convicciones de algo punzante que, al darse, se hincan suavemente en nuestra piel y nos duelen. Si ponemos la mirada en aquéllas que no se cumplen y atendemos el efecto de su malogro en nuestras vivencias, podremos ver las cabriolas que hacemos en nuestro pensamiento para explicar la incomodidad. La primera voltereta tiende a buscar el logro de la expectativa, aún cuando resulte evidente que no va a darse. Y repetimos una y otra vez la pirueta, como si la más pequeña posibilidad a los ojos de nuestro entendimiento fuera a ser suficiente para lograr lo esperado. Así, terminamos enrocándonos en una actitud terca, frente a la tozudez de los hechos e inventamos contorsiones cada vez más complicadas de realizar, cada vez más arriesgadas para la propia salud.


La única alternativa posible es el afrontamiento de la frustración desde la comprensión profunda de las emociones personales que nos mueven. Considero que no hay contacto si no hay verdad, aunque la verdad termine por hacer imposible, en algunos casos, el contacto. Sin el correcto entendimiento de las emociones sentidas, nos resultará imposible evitar los pinchazos agudos de las expectativas frustradas. Pero con ese entendimiento no nos resultará difícil encontrar su aceptación y, si así se requiriera,  buscar otros modos para su satisfacción. Y si la ceguera fuera excesiva, abogo por el diálogo sincero con el buen amigo que, lejos de intentar manipularnos, intentará dirigir nuestra mirada hacia las emociones y las intenciones.

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