6.1.12

No sin confianza

Terminan ya mis días de estancia en La Nucía. Apenas he hecho nada de lo que había puesto en mi lista de tareas. Me temo que exageré en mi valoración de lo que un puñado de días trufado de fiestas, celebraciones y compromisos puede dar de sí. Además, el Sol y las buenas temperaturas de estos días nos han invitado a vivir en las calles, recorriéndolas arriba y abajo para pasear charlando de política local y de viejos recuerdos de la infancia o para resolver los encargos que había que atender. Pero, a cuento de los propósitos iniciales y de algunas apreciaciones sobre mi manera de entender, ¡qué puñetera es la percepción! Parece que no se conforma con lo obvio y añade perspectivas, sombras y matices a la realidad: unas veces la pinta usando todos los lápices de colores –las más, sinceramente, y es una gozada-; otras veces aquella realidad percibida se va decolorando hasta mostrarse en blanco y negro, como consecuencia de temores casi siempre inventados también; en las peores ocasiones -absolutamente infrecuentes, por otra parte- los peores augurios me inmovilizan y la realidad se convierte en cenizas que se lleva el viento con facilidad. Es cierto, hemos hablado mucho en este espacio sobre la percepción. Ayer me di cuenta de hasta qué punto soy capaz de exagerar cuando desde afuera me reflejaron las hipérboles que mi mente construye a partir de lo vivido o, incluso, desde la mismísima nada. Y, una vez más, veo que los hechos son tozudos; es justo confesarlo, me equivoqué.


En fin… lo que sí cupo es algún tiempo para la lectura tranquila y reposada. Me he zambullido en la belleza de los textos del blog citado días atrás. Y usando lo que allí se expresa con buen tino en la entrada de ayer titulada “Año Nuevo” (http://zambullida.wordpress.com/2012/01/05/ano-nuevo/), y aún a riesgo de parecer hiperbólico, puedo decir que la realidad me tiene embrujado por las sensaciones que he tenido y que se han prendido con fuerza en mi ser. A lo largo de los días pasados, se han expresado muchas muchas palabras: las que estaban perdidas y las que, cautivas del miedo, no lograban pronunciarse. Sin embargo, la confianza, la ternura, el cariño y la comprensión han cubierto cada rincón de nuestros encuentros, sin temores, sin rencores. Puede que haya quedado algo en el tintero –seguro-, aunque yo no logro verlo. Y después de vivir así lo familiar y lo propio, me he logrado mecer seguro en esa dulce calma de la que se habla en el texto. Y porque he percibido esa calma en los demás, confío en que cada uno ha contado todo lo propio, incluso lo doloroso para quienes estábamos a la escucha. Y me he dado cuenta de que callarlo en el pasado no hizo más que incrementar temores, angustias y atragantamientos. La verdad siempre es mejor que la protección en el desconocimiento. Tal vez por eso, estos días entre nosotros no han contado.


Termina mi tiempo en La Nucía. Yo he disfrutado, como nunca, de la presencia y el amor de quienes, de alguna manera, han compartido conmigo estos días. He sido yo. En todo. Con todos. Con mis palabras… también las hiperbólicas. Ahora sé que no podía ser de otra manera. No sin confianza.

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