3.1.12

Sueños

No resulta fácil elegir una vivencia de entre todas las de un día cuando, por estar de visita en el pueblo para celebrar estas fiestas, los reencuentros y los abrazos están sirviendo tanto para manifestar condolencias y apoyar a quien recientemente ha despedido para siempre a un ser querido, como para expresar el disfrute de poder agarrar con las propias manos a quien amas desde hace muchos años. Es como si las emociones se sintieran en la piel y los ojos se humedecieran con no importa qué sentimiento; y todo desde el primer instante en el que la línea de las montañas que nos rodean dibujaron el horizonte. Ayer, precisamente, perdidos entre naranjos y pinos, el fuego y la noche catalizaron una vez más un puñado de confidencias, casi siempre arriesgadas si no hacemos pie. Podría decirse, casi con la seguridad que la situación no nos ofrecía, que apenas hacíamos pie con las puntillas. Hubo momentos maravillosos en los que la piel se trasparentaba para mostrar el alma en completa desnudez; pudimos escuchar las inquietudes y las preocupaciones de unos o los anhelos y las expectativas de otros. Impactó con fuerza en mi mente la expresión de los sueños de juventud: sonaban cálidos, emocionados, emocionantes, seguros -a pesar del temblor de la voz de quien los expresaba-,… la situación se tornó entrañable y estoy persuadido de que a los no tan jóvenes nos recorrió un escalofrío de añoranza y, tal vez, de melancolía. Ha pasado mucho tiempo desde que me sentí en esa misma hiperactividad onírica y son muchas las frustraciones que me han enseñado a vivir. Sin embargo, hay un fondo de coincidencia. Me doy cuenta ahora de hasta qué punto los árboles me impidieron ver el bosque. Igual es cierto que todavía hay sueños en los que creer para recrear la vida a nuestro gusto… o al menos, intentarlo.

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