17.2.12

Acordes

Es tarde. Recuerdo una madrugada como la de hoy. Estaba muy cansado y acabé dormido sobre el teclado del ordenador mientras un buen puñado de efes se fueron acumulando hasta rellenar páginas y páginas del documento en el que me encontraba escribiendo. Podrían haber sido pes, o eses, o jotas. ¡Qué más da! ¿Acaso uno elige donde cae cuando cae presa de Morfeo? Eso sí, los acordes asonantes de entonces ya no duelen: llovió y se diluyeron en el agua para romper en el suelo en mil gotas que el calor del tiempo evaporó hasta quedar en solo recuerdos ... y aquellas piernas que se detenían... ahora andan formando sombras chinescas de lazos imposibles ... y el grito ... ¡ah! ... ése se ha ido atenuando hasta quedarse en un susurro sordo, amortiguado y suave como una melodía al clarinete. Las disonancias enfadadas por el miedo han mutado en un acorde de tónica mayor con séptima. ¡Y qué hermoso suena ahora! Hoy el silencio plácido lo veo en el baile de la llama de una vela y en el aroma del café irlandés humeante que me acompañan. Aún así, un pensamiento me ha devuelto a aquella madrugada: ¿empatía? El conocimiento personal es un camino tortuoso: ¡ya lo decíamos entonces! La cuestión, como nos decía ayer el filósofo, es más fina y sutil: estos días atrás he visto cómo la alegría no siempre contagia alegría. Hay veces en que una canción que nos conmueve resuena dolorosa en alguien con quien la compartimos. Y no hay nada que pueda hacerse, por terca que sea nuestra actitud. Creo que de mañana no pasa; tras el descanso de la noche, afinaré la guitarra y tocaré algunos acordes: me gustan en La. Pero ahora ya no ... es tarde.


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