15.2.12

La porosidad del alma

Entre sorbos de café amargo, la conversación fue de acá para allá, sin dirección, como queriendo hacernos ver el dinamismo fluido y cambiante de la vida y el sentido del movimiento del tiempo, aquel con el que ayer nos percatábamos de algunas cosas importantes. En realidad, el motivo de nuestro encuentro no tenía un objetivo concreto; se trataba simplemente de vernos. Por distintas razones, sentía una cierta inquietud pues no sabía cómo expresar lo que quería al suponer, equivocadamente, que lo dicho se escucharía con oídos críticos. Probablemente generalicé el «malestar» mostrado por otros.


Reconozcamos pues, parafraseando y adaptando ligeramente un texto de Julián Marías, la existencia de la actitud que podríamos denominar «alegría del bien ajeno». Y es que a veces nos ocurren cosas que son tan improbables como inesperadas y sorprendentes, y desencadenan manifestaciones de alegría y el reconocimiento concreto de nuestra gratitud por ello. Creo que merece la pena que se reflexione sobre esas manifestaciones. Es un caso ejemplar de lo que Ortega llamaba "interés desinteresado". Cuando importa algo que no tiene que ver con uno mismo, que no va a reportar ninguna ventaja, que ni siquiera permite el envanecimiento, como cuando al elogiar algo se elogia uno a sí propio, esta actitud revela una apertura, una porosidad del alma, un grado de atención -que indica vitalidad-, y sobre todo una predisposición a la condición más valiosa del hombre: la alegría. No es difícil, entre personas bien nacidas, dolerse de los males ajenos; uno de los pocos rasgos positivos y sobresalientes de nuestra época es el sentido de solidaridad, el sentirse afectado por las carencias, tribulaciones, miserias que acontecen en cualquier lugar del planeta. Hay que descontar, obviamente, una posible insinceridad, o un automatismo neurótico, o un partidismo que lleva a dejar en suspenso esa actitud en ciertas ocasiones; y también la frecuente propensión a sentir esa solidaridad con los más remotos, respecto a los cuales no puede aplicarse en realidad, con olvido de que el "prójimo" es primariamente el "próximo"; no vaya a ser que resulte admirable nuestro amor por la humanidad, pero resulte dudoso el afecto por los seres humanos individuales, como cuenta Connie Zweig en uno de sus prólogos. Es menos frecuente, más fina y sutil, la participación en los bienes; y es verdadera participación cuando no se limita a la aprobación, sino que provoca alegría. Si esto ocurre, descubre una contextura de persona que permite la esperanza.


Lo verosímil, habida cuenta de las reacciones más cercanas, era pensar que aquellas palabras serían mal encajadas. Por contra, se dibujó una gran sonrisa en su rostro y de su boca salieron palabras de felicitación, palabras de alegría y de reconocimiento, de esperanza. No sin un cierto miedo, asentí a sus cuestiones, más retóricas que intencionadas, y agradecí, de corazón, su gesto amable.

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