21.2.12

Luz blanca de invierno

Transcurría aquella tarde, mediano el invierno, entre los quehaceres de casa, los calderos y el hervor burbujeante de la sopa. Había afrontado la inquietud surgida días atrás y no quería esconderme en la hiperactividad de aquellas tareas. Podía mirar mi aquí y ahora cara a cara y ni el pensamiento ni el miedo molestaban. Dirigir la mirada a otra parte no era la solución, eso lo sabía bien. Y visto el asunto de cerca, no es que pintara feo precisamente. No era tampoco -eso seguro- un caballo que tuviera previsto montar ahora. En los momentos de mayor clarividencia, pensaba si aquello pudiera ser providencial. Me encomendé a la fe y a los más allegados de quienes recibí el apoyo cariñoso y tierno del amor humano. La melodía de la vida sonaba juguetona, divertida, intensa y excitante y, sin embargo, tocaba cuadrarse a la indicación preferente marcada por el galeno en amarillo fosforescente. Llegado el momento, la suavidad sentida sobre mi mano, en la que me había concentrado en el último rato, tropezó con el frío de aquel líquido sobre la garganta. Hubo que esperar apenas unos segundos para leer gestos y escuchar comentarios. Todo aparentemente bien. Y, como si de una coincidencia azarosa se tratara, pensaba en las últimas canciones interpretadas al piano que había escuchado. Mi elección había sido el intimismo de la composición melódica y la calma del mar en una noche de verano. Me volví hacia ese inmenso y profundo azul que esperaba el amanecer. Sonreí. La luz blanca bilocada acabó por aunarse en el pensamiento de quien, confiada, no hacía más que regalarme su tranquilidad, su esperanza y su mirada. Y como una plegaria cotidiana, aquella sensación de plenitud vino a convertirse en mi hogar. Gracias. PSJ.

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