14.3.12

Destellos de consciencia

Todo lo que nos vale la pena y que de algún modo está vinculado a nuestra vida exige una acción intencionada de nuestra parte; sólo con esa determinación podemos conseguirlo, mantenerlo y disfrutarlo. Pero la voluntad no pasa por buenos momentos: su indicador de popularidad está en mínimos históricos. Esta idea me resulta tremendamente paradójica pues sólo con la acción personal podemos realizar autoevaluaciones que resulten psicológicamente sanas. La estima personal está, a mi modo de ver, íntimamente relacionada con la elección de metas personales y con la perseverancia en las acciones que hayan de conducirnos a su consecución. Ahora bien, ¿qué nos ocurre una vez tomada una decisión?  ¿Qué ocurre que nos cuesta la acción constante y tenaz? Probablemente tenga algo que ver con el diálogo interior que tenemos con nosotros mismos a propósito de lo que somos capaces de conseguir o no. En definitiva, lejos de quedarnos en lo dicho o lo escuchado -... parole, parole, parole... dice la canción-, bueno será que atendamos los actos y, sobre todo, las ideas y/o las creencias -reconocidas o no- sobre las que se apoyan aquellos actos. Supongo que dirigir la atención consciente a la concordancia entre lo pensado, lo dicho y lo hecho, propio o ajeno, se convierte en el ejercicio necesario para la salud mental y el bienestar de la persona. Y actuar en consecuencia, claro está.


Destellos de consciencia en la noche oscura de la inconsciencia trajeron la paz del rostro agradecido. Aquí y ahora. Nada más importaba, por terca que fuera la pose de la mente débil. Aquí y ahora era la referencia oculta. Ah!... sin olvidar lo obvio. Porque es desde lo obvio desde donde se conquista lo real. Lo pretérito no había sido más que una absurda sucesión de fantasías de realidad pretendida. De repente ocurrió y llegó aquel gesto plácido, luminoso, tierno, dulce, feliz... lo comunicaba todo... era belleza pura... ¡Bendito sea Dios!... Sólo pude detenerme y contemplarlo con profunda admiración.

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