16.3.12

Harina de otro costal

Más atrás hemos dedicado muchas entradas a la consciencia y al sentido de prestar toda la atención posible a lo que está ocurriendo precisamente aquí y ahora. Fuera de ese espacio y de ese tiempo sólo existe la fantasía, aún cuando lo fantaseado coincida circunstancial y azarosamente con lo real. Hoy me dejaré en el método. Ocurre que incluso el prestar o no prestar atención, no deja de ser una mera elección en nuestro discurrir vital. Y acostumbrarse a ello puede convertirse en una manera de ser: hacer habitual una conducta es la única manera de encarnarla, hasta el punto de acabar confundiéndose con el propio yo. A eso es a lo que se refiere la pedagogía al explicar cómo un valor se convierte en virtud. Y por esta razón es tan inadecuado predicar atributos negativos de un niño: acaba siendo un perfecto representante de esos rasgos que le atribuimos. Luego la pregunta de hoy podría ser: ¿quiero cambiar? Supongo que todos tenemos alguna parte de nosotros mismos ante la que la respuesta sería «sí, quiero cambiar». Y ante esa respuesta, sólo cabe la acción repetida y la intención consciente y constante hasta que lo que nos resulta más valioso forme parte de nuestra personalidad. En consecuencia, soslayando las diferencias individuales por las que a unos nos puede costar más que a otros, la atención consciente y la voluntad determinada en lo que hacemos se convierten, desde este punto de vista, en las herramientas con las que construir el edificio de nuestra persona. Y cuando la meta elegida se nos muestra a nuestros ojos inalcanzable siempre podremos decir que en realidad no había voluntad de cambio. Fácil escondite al que todos -yo el que más- hemos recurrido en algún momento. Pero eso es harina de otro costal... ¿no es cierto? En cualquier caso, las diferencias parecen claras.

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