21.3.12

Incrédulos

Un buen puñado de papeles inundaban el escritorio y los pensamientos brotaron sin tregua y sin orden, saltando de un tema a otro y carentes de propósito alguno. Intentaba que el paisaje emocional de aquella mañana fluyera entre las melodías de David Nevue y el aroma a canela del café bien caliente: tuve que prepararlo muy suave ya que la canela se engancha con fuerza a la garganta y pica: dicen que es lo propio. El día amaneció con llovizna y el frío nos puso en la realidad de la aspereza "climática" de esta tierra castellana, a pesar de la primavera; incluso nevó en zonas cercanas. A pocos minutos de comenzar el trabajo, intenté que mi mente se centrara y recurrí a algunos apuntes garabateados en cuadernos de notas personales... cuentan que hubo un tiempo en que la alegría y la felicidad no eran emociones a tener en cuenta; los hombres y las mujeres vagaban por sus vidas agarrados a algunas fantasías que les nutrían lo justo para no perecer en el intento de vivir... Pudiera ser que aquella hiperactividad que me estaba arrinconando fuera a serme útil, aunque la desatención quebró mis intenciones en el pasado. Sin darme cuenta me despisté de nuevo y terminé contemplando el cactus que me acompañaba sobre el escritorio. Me esforcé y dirigí mi mirada de nuevo al cuaderno... cuentan que, pasado algún tiempo, los rayos del Sol comenzaron a calentar la tierra y los pies de aquellos hombres y de aquellas mujeres, agotados como estaban de su caminar diario y de su trabajo. Cuentan que, un día, aquel Sol de una fría mañana de noviembre iluminó los rostros de un hombre y de una mujer, cautivos de algunas emociones apenas nombrables... La laxitud de mi mente fue cediendo y la trepidación se aquietó. Continué escribiendo... Cuentan que, incrédulos, ...


Sólo entendiendo cómo funciona nuestra dinámica interna, podemos comprender lo que nos ocurre y así realizar los cambios que hayan de conducirnos a lo saludable.

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