17.3.12

¡Vaya!

Somos únicos e irrepetibles. Cada uno a nuestra manera intentamos salir adelante, aunque para ello acabemos enrocándonos en actitudes y modos de ser dolorosos. Hay muchas circunstancias que apoyan y justifican posturas personales tan paradójicas como la descrita: supongo que la regla del mal menor a corto plazo tiene amplia aceptación en nuestros días. Parece que nos viene bastante bien que nuestros padres nos críen y cuiden con amor y respeto, pues así aprendemos a querernos a nosotros mismos por imitación de su amor a nuestra persona; lo mismo sucede con la estructura de normas en la que nos hacen vivir, más o menos razonables a nuestros ojos, pues así aprendemos que la vida transcurre entre aquellas balizas que nos marcan; y también ocurre igual con todo un conjunto de expectativas adecuadas que puedan tener los padres sobre nuestra persona; conviene que no nos saturen de contradicciones, que no recurran al ridículo, a la humillación psicológica ni al abuso físico para controlarnos: eso podría hacernos daño; por último, qué bueno sería que proyectaran su confianza en nuestras capacidades, incluso aunque no logremos satisfacer sus expectativas; y sería muy adecuado que confiaran también en nuestra bondad personal, aunque tropecemos en la vida por alguna decisión mal tomada y necesitemos su apoyo para volver a levantarnos. Pero esto son sólo circunstancias que ayudarían o dificultarían en nuestro desarrollo personal. Me pregunto cuántas de estas circunstancias las tenemos en cuenta en nuestras relaciones personales actuales. Creo que lo expresado como conveniente en la relación entre los padres y los hijos se podría aplicar del mismo modo a cualquier persona con la que nos relacionamos. Incluso con nosotros mismos. ¡Vaya! ¡No sé si seguir pensando!

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