6.4.12

Coherencia

Hay decisiones cotidianas que resultan intrascendentes; otras, por contra, acaban teniendo un papel protagonista en nuestra biografía. La decisión de dirigirnos por nosotros mismos es lo que nos hace libres y, al mismo tiempo, supone una carga de responsabilidad, precisamente por ser una elección personal: por tanto, en función de cuál sea la elección que hagamos obtendremos unas consecuencias u otras en el ámbito de la interioridad personal. La cuestión aquí es, por tanto, que no podemos mostrarnos indolentes ante una capacidad natural del ser humano, un mecanismo puesto ahí para la supervivencia individual y, si no la usamos o si la traicionamos, entonces acabamos sintiendo estrés, en principio, cuando no ansiedad o tristeza. Ahora bien, esa capacidad de dirigirnos a nosotros mismos sólo es posible si aportamos un adecuado nivel de consciencia a nuestra manera de ser, a nuestra manera de pensar, de sentir y a nuestras actividades. No podemos sentirnos competentes y valiosos si conducimos nuestra vida en estado de confusión mental, de espaldas a nuestros verdaderos afectos. «No es fácil que un hombre sea desdichado por no haber prestado atención a lo que sucedía en el alma de otro; pero los que no han estudiado nunca los movimientos de su propia alma, éstos tienen que ser desgraciados forzosamente» (Marco Aurelio, Libro II). El problema es que rara vez somos conscientes de estas elecciones y, al acumularse en nuestra interioridad, van configurando lo que conocemos como autoestima. «La autoestima es la reputación que llegamos a tener para con nosotros mismos» (Branden, 1994). Un modo de intervenir sobre esta valoración de nosotros mismos es intentar ser conscientes de nuestras acciones, nuestros propósitos, nuestros valores y nuestras metas y comportarnos de manera coherente.


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